"Simplemente, no sobrestimar lo que he escrito; de otro modo se me volvería inalcanzable lo que aún espero escribir".
(Franz Kafka)
Señor Franz Kafka, espero que este escrito no haga que se revuelque en su tumba, porque créame, lo hago con respeto, por una extraña pero agradable coincidencia dada sólo en un lugar que a veces es hostil, pero a veces no…usted ha sido motivo de ensayos, artículos, reseñas, páginas de Internet, trabajos de titulación, etc., que intentan entenderlo, descifrarlo, detractarlo, sobreestimarlo, sin tener en cuenta que usted no deseba ser conocido por nosotros (muestra paradójica de la confianza y la amistad – Max Brod-), de quienes ha sido a priori excelente descriptor de emociones, de cotidianeidades absurdas, pero al fin cotidianeidades que se sufren o se padecen, según quiera verse.
Ahora que he aclarado con usted el asunto, miro hacia el otro lado del salón porque ésta es una plática pendiente con Jafeet (con quien se encuentra en franca desventaja, ya que obviamente no conoce, no siendo así el caso del mencionado antes) en donde, sin tomar las cosas con más seriedad que la necesaria, saliera usted a relucir acompañado de una corriente literaria conocida como posmodernista. En fin…miro hacia el lado contrario de donde está usted ¿sentado? para proseguir con esta particular impresión de lo que escribió, de lo que escriben de usted, de lo que dicen…cual chisme culto o discusión frívola…o una plática interesante de la que no se esperaba tanto…como sea, pero aquí vamos.
FRANZ KAFKA: LA PERSONA
Se dice que Kafka, de ascendencia judía y nacido bajo el signo de cáncer, es expresor de la alienación y ansiedades del Hombre del siglo XX. Como cualquier otro mortal, tuvo gustos que de forma inherente marcaron su escritura y su percepción del mundo: Nietzche y Flaubert.
Retomando el tema. Kafka tiene una autoimagen bastante negativa, al pensar que los otros pudieran calificar su cuerpo o su mente como repulsivos, lo anterior, ligado de manera estrecha al menosprecio manifestado por su padre, el primero en criticar brusca e injustamente la obra de este escritor en lengua alemana. Sin embargo, por testimonio de Max Brod (quien por cierto –y so pena de mi ignorancia- es conocido como ‘el amigo de’) se sabe que Franz fue un sujeto que lograba impactar a los demás con su apariencia, especialmente con su inteligencia y sentido del humor –calificado de surrealista por algunos escritores contemporáneos
KAFKA: LO VELADO, LO DESVELADO LO HERÉTICO Y LO HOLOGRAMÁTICO
(Franz Kafka)
Cuando nos conocimos –asunto ya abordado en mi space- te comentaba que en muchas ocasiones, particularmente con el existencialismo, lo que dijeron autores como Kierkegaard (que dice no ser existencialista), o Kafka (que tampoco lo es, pero que muchos escritores lo asumen como un visionario del movimiento, algo así como el que lo vio nacer desde el absurdo de la cotidianeidad para ser plasmado después como corriente filosófica) es comentado hoy día cual cruda de una doble noche de parranda ¿A qué me refiero? Bien, el ser humano ya había generado y legitimado la idea de “Orden es progreso” y las demás mentiras vendidas como verdades a fin de que el hombre pudiera encontrar la felicidad. Sin embargo, nada de ello logró impedir que el hombre, en menos de cincuenta años, decidiera iniciar una nueva lucha calificando a sus semejantes, deseando someterlos: es aquí en donde está la primer cruda de la noche de parranda (tomaron cerveza, tequila, vodka, mezcal y alcohol de 96°, así que imagínate la resaca –o cruda-).
Pero sin haberse curado de la cruda, el Hombre en ese afán antropocéntrico de dominar, de marcar territorios físicos e ideológicos, continúa matando a sus semejantes y apartándose de todo elemento caótico que rompe con su equilibrio y su certidumbre: Guerra de Vietnam, Muro de Berlín, etc. Por todo ello, las generaciones adultas a inicios del siglo XXI ya no tenían consuelo: todo se acabó en esta segunda borrachera (en donde tomaron de lo mismo, pero con la cruda de la parranda anterior, así que estamos en una doble cruda –o cruda de segundo orden). De esta forma, esos adultos a los que me refiero, vieron como el mundo se destruía entre sí, como los líderes morías, eran asesinados, o se vendían a la mejor franquicia. Era el colmo del sinsentido, que ya es demasiado decir.
En la obra de Kafka, a menudo el protagonista se enfrenta a un mundo complejo, que se basa en reglas desconocidas, las cuales nunca llega a comprender. En la literatura posmoderna esto ya no importa, porque cada sujeto crea sus propias reglas y entonces se genera un ambiente de relativismo inconsciente (o aquello a lo que Nietzche llamaba nihilismo pasivo). Si tu entorno, tu contexto, no hace más que generarte angustia, porque las decisiones que debes tomar no son complicadas, sino efímeras, no haces más que buscar fuentes de placer de la misma índole. El tiempo y el espacio se reducen, ya no importa si un texto logra hacer vibrar tu mente, sino si es chic leerlo.
Todo aquello de lo que alguna vez habló Kafka en sus obras a través de sus personajes no es más que lo que hoy se ve porque somos recursivos, que no es cíclicos. Es aquí en donde viene mi hipótesis respecto a lo que hablamos hace algunas semanas:
Franz Kafka, como cualquier otro individuo, pertenece a una organización social con un código consensuado y específico, con organizaciones e instituciones que intentan acomodar los actos de todos esos sujetos que las legitiman. Por tanto, todo sujeto responde a lo que Edgar Morin[1] llama “Principio hologramático” en donde con ver una parte del holograma sabes cuál es la figura, y al ver la figura en su totalidad, vez a esa parte pequeña conformándolo y haciéndolo posible: así es el sujeto, una radiografía de la sociedad en que vive. Nada hay que no se haya dicho antes porque el sentimiento es el mismo aunque la causa haya cambiado sutilmente. Kafka no podía escribir de flores en el campo cuando no era eso lo que veía, tampoco podía hablar de la razón ilustrada cuando hombres mataban a hombres sin saber por qué lo hacían. Un Hombre es sólo un latido de los muchos que da un corazón, a veces débil, a veces enfermo: un corazón social, familiar, personal…burocracia, transformaciones de Seres en animales, son sólo analogías para explicar las transformaciones de la humanidad. ¿Cuán escarabajos nos tornamos con la necedad, con la estrechez de mente, con la nulificación del otro y de mí mismo?
Si lees a Lipovetsky cambian los contextos, pero la esencia es la misma, porque la angustia es universal, porque el dolor también lo es, porque independientemente del credo religioso, el instinto llama a la compasión cuando ves a otros sufrir sin que ellos te hayan provocado una pena. La desilusión es general porque ya no hay verbo dominante[2], porque el hombre comprobó desde sí mismo que no era tan fuerte como creía, que no hay omnipotencia en él.
No puede olvidarse que Kafka no deseba publicar sus obras, sino que fuesen destruidas; era sólo un sujeto que hablaba de lo que veía, de lo que sentía a partir de su propia historia, no quería ser entendido o descubierto. La posmodernidad intenta algo relativamente inverso: ayudar a explicar cómo las personas han dejado de ser Seres para tornarse en sujetos, en estadísticas, en datos, porque su misma ambigüedad les (nos) impide ser información. Ya no importa si la realidad es absurda, sino en cómo se vende ese absurdo; no interesa cómo son las instituciones, sino los burócratas corruptos que viven a costillas de nuestros impuestos y pagan con ellos su coca, su table y su coñac. Ya no es reírse o angustiarse por el absurdo, sino patentarlo y hacer de él algo tan lógico que a nadie sorprende…porque la virtualidad supera al fenómeno, porque queremos algo más que alimente nuestro morbo y así evadir lo que a ti, a mi, a Kafka, a Lipovetisky, y a todo ser humano que tiene, además de incertidumbre por comer o dónde vivir, dudas existenciales que ponen a andar la rueda. Como dice uno de mis profes: “prende la tele porque si no me pongo a pensar”.
P.D. ¿SERÁ? A veces me da la impresión de que la literatura posmodernista no es más que la segunda resaca (pero más fuerte, más dolorosa) del existencialismo. No hay dolor que no se haya identificado, ni carencia que no se haya leído ya. Es sólo que los existencialistas tenías una breve esperanza, y los posmodernistas no: ya no hay nada, ni sentido de que exista esa finita esperanza. Ya no hay que elegir, porque sea lo que se que se elija estamos jodidos.
Quien haya leído a Kafka, a Sartre, a Kierkegaard, y el resto, sabrá que algo de lo que hoy habla Lipovetsky ya estaba como velado en palabras de los autores que mencioné antes: ¿Qué nos consuela ahora entonces? ¿un lindo par de zapatos?, ¿la bolsa de mano de moda?, ¿un lindo perfume?, ¿un tratamiento en Oceánica?, ¿un marido que nos mantenga o una esposa que deje que se le vea la cara mientras nos acostamos con otras (u otros)?, ¿una boda gay?, ¿la adopción a los 30?, ¿una carrera académica llena de títulos y papeles qué colgar en la pared y presumirlos a las visitas?, ¿una biblioteca de tomos de los que no se han leído ni la mitad? ¿Una noche de antro? ¿Una noche de copas, una noche loca?
Creo que esta desesperación y desencanto contemporáneos no son más que el efecto de haber bebido (metafóricamente hablando) vodka, cerveza, tequila, embriagarse, vomitar, y seguir bebiendo con el estómago hecho trisas: ¿en dónde tenemos la fe ahora?, ¿en quién o en qué? ¿Cuál es el verbo dominante de nuestra incertidumbre? ¿Cómo trascenderemos a esa llamada "segunda edad media"? ¿Qué será entonces nuestra piedra angular?

